La composición corporal de una persona no siempre refleja sus hábitos, su estado de salud o sus conocimientos profesionales.
Pero surge una pregunta que, aunque incómoda, merece ser discutida:
¿Es importante que un nutricionista tenga una apariencia física que refleje salud?
La composición corporal de una persona no siempre refleja sus hábitos, su estado de salud o sus conocimientos profesionales.
Pero surge una pregunta que, aunque incómoda, merece ser discutida:
¿Es importante que un nutricionista tenga una apariencia física que refleje salud?
Es fácil asociar delgadez con bienestar o asumir que un determinado cuerpo es sinónimo de buenos hábitos. De hecho, muchas personas prefieren consultar con un nutricionista delgado porque sienten que representa el éxito profesional o la evidencia visual de que sabe aplicar aquello que enseña.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
Un cuerpo no siempre cuenta la historia completa. No revela el estado de salud de una persona, sus hábitos diarios, sus antecedentes, sus condiciones médicas ni la calidad de sus conocimientos profesionales.
Pero tampoco podemos ignorar otra reflexión importante.
Como nutricionistas, nuestra labor no consiste únicamente en entregar recomendaciones nutricionales. También somos promotores de salud. Y aunque nadie debería ser juzgado por su peso o apariencia física, es razonable preguntarnos si existe una responsabilidad personal de intentar aplicar, en la medida de lo posible, aquello que enseñamos.
Personalmente, soy partidaria de que una alimentación saludable siempre debe ser un foco importante en la vida de un profesional nutricionista. Sin embargo, creo que esto va mucho más allá de una talla, un peso o de los estándares de belleza que aún persisten en nuestra sociedad.
La verdadera coherencia profesional no siempre se refleja en el espejo. Se refleja en las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa. En cómo nos alimentamos en medio del estrés, del cansancio y de las largas jornadas de trabajo. En el esfuerzo por mantener hábitos saludables sin caer en obsesiones ni extremos.
Porque tan preocupante puede ser promover hábitos que conducen a una malnutrición por exceso (obesidad) como normalizar conductas que favorecen una malnutrición por déficit (desnutrición).
Quizás la pregunta correcta no sea si un nutricionista tiene el cuerpo que la sociedad espera ver.
Quizás la pregunta sea:
¿Está viviendo de manera coherente con los principios de salud que recomienda a sus pacientes?
Y la respuesta a esa pregunta probablemente se encuentre mucho más en sus hábitos que en su apariencia física.
Por Katherine Palma Catalán, Nutricionista