
Muchas personas sienten que comer saludable es caro, pero al observar los carros de supermercado aparecen gastos que frecuentemente pasan desapercibidos.
Como nutricionista, tengo una costumbre que probablemente nunca voy a perder: observar lo que las personas ponen en sus carros de supermercado.
Y no lo hago para juzgar. Lo hago porque me interesa entender cómo comemos realmente.
A lo largo de los años he escuchado muchas veces la misma frase:
"Las frutas y verduras están demasiado caras."
Y siendo sincera, muchas veces tienen razón. En numerosos supermercados, las frutas, verduras y otros alimentos frescos han aumentado de precio y pueden representar un gasto importante para las familias.
Sin embargo, hubo una situación que me hizo detenerme a reflexionar.
Mientras hacía compras, observé el carro de una persona cercana y lo que más me llamó la atención no fue lo que faltaba, sino lo que abundaba: varios postres lácteos, snacks, galletas y otros productos listos para consumir. Y no era un caso aislado.
Al fijarme con más atención en los carros de otras personas, comencé a notar un patrón que se repetía constantemente: bebidas, galletas, chocolates, snacks salados, postres y otros productos ultraprocesados ocupaban gran parte del espacio, mientras que las frutas, verduras y legumbres aparecían en menor cantidad o, muchas veces, estaban completamente ausentes.
Lo curioso es que, al sumar el valor de algunos de estos productos, muchas veces el total superaba ampliamente el costo de incorporar frutas de estación, verduras o legumbres a la compra de la semana.
Fue entonces cuando empecé a preguntarme si el problema era únicamente el precio de los alimentos saludables o también la forma en que distribuimos nuestro presupuesto de alimentación.
Eso me llevó a hacerme la siguiente pregunta:
¿Comer sano es realmente más caro o simplemente estamos mirando el problema desde la perspectiva equivocada?
Porque quizás el debate no debería centrarse únicamente en cuánto cuesta una fruta o una verdura. Tal vez también deberíamos preguntarnos cuánto de nuestro presupuesto alimentario destinamos a productos que nos aportan poco en términos de saciedad, calidad nutricional y salud a largo plazo.
Y aquí quiero ser clara: este artículo no busca culpar a nadie.
Vivimos en una realidad donde el tiempo escasea, los alimentos han aumentado de precio y las decisiones de compra no siempre dependen exclusivamente de la nutrición. También influyen los hábitos, la publicidad, las preferencias familiares, el estrés y la necesidad de encontrar opciones rápidas y convenientes.
Pero precisamente por eso vale la pena detenernos un momento a analizar algo importante:
¿En qué estamos gastando realmente nuestro presupuesto de alimentación?
Por ejemplo, el valor de una bebida, un paquete de galletas o postres lácteos azucarados pueden ser similar al precio de 1 kilogramos frutas de temporada o de una bolsa de legumbres capaz de rendir para varias comidas.
No se trata de eliminar por completo los alimentos que disfrutamos ni de perseguir una alimentación perfecta.
Se trata de preguntarnos si estamos obteniendo el mejor valor nutricional posible con el dinero que destinamos a nuestra alimentación.
A veces, pequeños cambios en el carro de compras pueden generar un impacto mucho mayor que cualquier dieta de moda.
En conclusión 💚
Durante años nos enseñaron a mirar las calorías. Hoy quizás necesitamos mirar algo diferente: nuestras decisiones de compra.
Porque muchas veces el cambio más importante en nuestra alimentación no ocurre en el plato, sino frente a la góndola del supermercado. Comer mejor no siempre significa gastar más, a veces significa comprar de manera diferente.
Y quizás la próxima vez que recorramos el supermercado, la pregunta no sea cuánto cuesta una fruta, sino cuánto valor nutricional estamos obteniendo realmente por cada peso que gastamos.
Por Katherine Palma Catalán, Nutricionista